La inmensidad de su
existencia se realzaba en un punto concreto, ese punto que era al mismo tiempo
la cima y el bajo extremo: sus manos.
Mentiría si dijera que, al conocernos, no me fijé en el color de sus ojos, en su forma de caminar o en los centímetros que recorrían sus labios cuando se torcían en una sonrisa. Mentiría si afirmara que me dijo te quiero.
No lo hizo y no lo hará.
Habría detenido el tiempo en un suspiro si me lo hubieras pedido… y ahora sus dedos jugaban, absortos en el tacto de mi piel, en la delicadeza con la que manipulaba todas las cosas. Y a mí.
En sus manos me revolvía, a menudo como una loca y otras tantas como el soldado esquivo en plena trinchera. En sus manos me deshacía: en besos y en lágrimas, en arañazos y caricias, en una eterna comunicación no verbal que nos lo susurraba todo: nos pertenecíamos.
Me tenía encarcelada sin ejercer presión. Una sensación pésima que ,al mismo tiempo, me provocaba sonrisas. Era débil en sus manos. Me quitaba las fuerzas y las ganas trazando líneas con su índice sobre mi espalda.
Pero no era la única. Sus manos tenían aventura con la vida.Todos los fenómenos atmosféricos, la grandeza de la naturaleza, los sentimientos humanos. Aquello que significaba un mundo para mí lo tenía el en las manos. Sin pesarle, sin perturbar a nadie. El mundo era suyo y yo lo sabía.
Todo le pertenecía.
Yo le pertenecía.
Como me pertenecen a mí los recuerdos de los meses que me regaló. Aunque se haya llevado parte de mi consigo.
Mentiría si dijera que, al conocernos, no me fijé en el color de sus ojos, en su forma de caminar o en los centímetros que recorrían sus labios cuando se torcían en una sonrisa. Mentiría si afirmara que me dijo te quiero.
No lo hizo y no lo hará.
Habría detenido el tiempo en un suspiro si me lo hubieras pedido… y ahora sus dedos jugaban, absortos en el tacto de mi piel, en la delicadeza con la que manipulaba todas las cosas. Y a mí.
En sus manos me revolvía, a menudo como una loca y otras tantas como el soldado esquivo en plena trinchera. En sus manos me deshacía: en besos y en lágrimas, en arañazos y caricias, en una eterna comunicación no verbal que nos lo susurraba todo: nos pertenecíamos.
Me tenía encarcelada sin ejercer presión. Una sensación pésima que ,al mismo tiempo, me provocaba sonrisas. Era débil en sus manos. Me quitaba las fuerzas y las ganas trazando líneas con su índice sobre mi espalda.
Pero no era la única. Sus manos tenían aventura con la vida.Todos los fenómenos atmosféricos, la grandeza de la naturaleza, los sentimientos humanos. Aquello que significaba un mundo para mí lo tenía el en las manos. Sin pesarle, sin perturbar a nadie. El mundo era suyo y yo lo sabía.
Todo le pertenecía.
Yo le pertenecía.
Como me pertenecen a mí los recuerdos de los meses que me regaló. Aunque se haya llevado parte de mi consigo.


